La Quiaca está haciendo algo más grande que levantar paredes: está levantando destino. Cuando el intendente Dante Velazquez afirma, sin dudas, que el Complejo Cultural es “la obra más emblemática de la provincia de Jujuy”, no está hablando solo de metros cuadrados, hormigón y plazos de obra.
La Quiaca deja de ser frontera y se vuelve faro: el Complejo Cultural que inaugura el poder del Norte

Está hablando de poder. Del poder real, silencioso y duradero: el poder de la cultura como activo estratégico, como músculo de identidad y como infraestructura de futuro. En un mundo donde el prestigio se disputa con símbolos, narrativa y creatividad, La Quiaca decide competir con lo que tiene de más auténtico: su herencia ancestral y su capacidad de proyectarla al siglo XXI.
La cultura no es adorno: es soft power. Es la herramienta con la que un pueblo se hace escuchar sin gritar; con la que una comunidad instala agenda sin pedir permiso; con la que una ciudad deja de ser “periferia” y se convierte en puerta. La Manka Fiesta ya demostró que La Quiaca tiene magnetismo cultural, que su memoria colectiva sigue viva, que su identidad no es museo: es energía. El Centro Cultural viene a hacer una operación decisiva: transformar ese potencial identitario en un sistema, con servicios, oportunidades y plataformas para producir valor. No se trata de “eventos”; se trata de economía creativa, de formación, de industria cultural, de circulación de conocimientos y de un reservorio patrimonial capaz de conservar y, a la vez, reinventar.

Por eso esta obra es emblemática: porque no administra el pasado, lo convierte en futuro. El Complejo Cultural permite que los jóvenes quiaqueños dejen de consumir cultura como espectadores y pasen a producirla como protagonistas: música, artes, tecnología, investigación, archivo digital, experiencias híbridas, narrativas nuevas, contenidos para el mundo. En tiempos de hipertexto, streaming, redes y plataformas, la identidad que no se expresa se diluye; pero la identidad que se organiza, se profesionaliza y se proyecta, conquista. Esta infraestructura no es solo un edificio: es una unidad de gestión multiinstitucional en potencia: municipio, escuelas, artistas, universidades, emprendedores, comunidades, medios, turismo, ciencia y tecnología. Una mesa grande, con visión periférica y ambición global.

También hay una verdad política de fondo que merece decirse sin eufemismos: durante demasiado tiempo se le exigió a La Quiaca que se conforme con “resistir” o “aguantar”. El Complejo Cultural propone otra cosmovisión: La Quiaca puede liderar. Puede conducir un modelo donde la cultura sea columna vertebral del desarrollo, donde la pertenencia sea motor de productividad, donde el orgullo no sea nostalgia sino estrategia. Y lo más importante: esta obra no se completa con cemento; se completa con la gente. Cada quiaqueño es parte del diseño final: quien asiste, quien aprende, quien enseña, quien investiga, quien crea, quien cuida el patrimonio, quien propone, quien empuja nuevas ideas. El Complejo Cultural será emblemático si se vuelve la casa de todos, el lugar donde cada uno encuentra una oportunidad para crecer y, al mismo tiempo, fortalecer lo colectivo.
La Quiaca no está embelleciendo una ciudad: está reescribiendo su lugar en el mapa. La frontera deja de ser límite y se vuelve escenario. La puerta norte de la Argentina deja de ser un paso obligado y se convierte en un punto de llegada. Con el Complejo Cultural, La Quiaca reclama algo que siempre le perteneció: su derecho a ser protagonista de una historia grande, moderna y propia. Porque cuando un pueblo invierte en cultura, invierte en lo único que ninguna crisis puede devaluar: su identidad organizada y su capacidad de crear futuro.






















